La naturalidad del alma

“No es un sueño, es verdad: grito de guerra/ lanza el cubano pueblo, enfurecido/ (…) que tres siglos ha sufrido/ cuanto de negro la opresión encierra”: sobre la pluma de 16 años, celosa de no ser testigo de los hechos que relataba, alzábanse ya enardecidos ojos y corazón.

Otros, hombres de mármol, se habían levantado para sacar del oprobio a la patria, cuyo amor distante de ser “el ridículo a la tierra, ni a la hierba que pisan nuestras plantas”, henchía el pecho del joven revolucionario José Martí.

Así comenzaba su admiración por los valientes y el suelo donde hubo de gestarse la epopeya a la que dedicaría su vida y talento.

Cuando las llamas consumieron a Bayamo, el máximo sacrificio dejó una indeleble huella en el Apóstol, que lo mencionaría innumerables veces “la libertad había encontrado una patria más…No ceden los insurrectos. Como la Península quemó a Sagunto, Cuba quemó a Bayamo”.

Las flamas marcarían su divulgación patriótica y su imaginada visión extraordinaria afloraría en momentos memorables: “Otros llegarán a la pira donde humean, como citando a la hecatombe, nuestros héroes, yo tiemblo avergonzado, tiemblo de admiración, de pesar, de impaciencia”.

O al referirse al cubano en su lucha por la libertad, dice… “cuando el sacrificio es indispensable y útil, marcha sereno el sacrificio, como los héroes del 10 de octubre a la luz del incendio de la casa paterna, con los hijos de la mano”.

En la mente y prosa del Maestro estuvieron presentes los bayameses ilustres, aquellos que lo acompañaron en su empeño de ver a Cuba soberana y otros que lo impulsaron con su ejemplo: Céspedes, Perucho Figueredo, José Joaquín Palma, Francisco Vicente Aguilera.

“Y aquel anciano de setenta y tres años, que ya había peleado por su patria diez, vino a decirme: ´Quiero irme a la guerra con mis tres hijos´. La vida seca las lágrimas, pero aquella vez me corrieron sin miedo de los ojos”; ese era el general bayamés Silverio del Prado.

Nunca fue para Martí ese primer territorio independiente un fragmento de geografía cubana, sino la representación de un ideal por el que se combatía justamente, una afrenta  a sí mismo la narración de una historia de coraje sin mentarla, como enseñara en su casa de Cayo Hueso el patriota Fernando Figueredo, al que le dijera en suma apropiación y defensa de ese significado: “Usted y yo somos bayameses, porque yo tengo de Bayamo el alma intrépida y natural”.

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