¿Por quién doblan las campanas?

 

De reluciente verde olivo, hace 57 años este 26 de septiembre, el Comandante en Jefe Fidel Castro, por primera vez, desde el podio de Naciones Unidas, no denunciaba solo agresiones contra la recién nacida Revolución cubana, sino contra la humanidad, cuando su voz de joven rebelde pedía el cese de la “filosofía del despojo”, de “la filosofía de la guerra”, la explotación y los monopolios.

Esa preocupación por los demás, el acto de desprendimiento sin segundos intereses ni yoísmos, que protagonizaron y soñaron para la Mayor de las Antillas los patriotas en la génesis libertadora, se confirmaba en aquellas cuatro horas y 10 minutos de discurso interrumpido una docena de veces por estridentes aplausos, como una de las misiones más importantes de este país.

Para los cubanos, el apoyo a los pueblos, el pronunciamiento y la acción contra la injusticia, es una condición cultural, un deber histórico, una herencia de sangre, para honrar el pensamiento de Carlos Manuel de Céspedes: “Cuba aspira a ser una nación soberana para extender una mano generosa a todos los pueblos del mundo”.

O aquellas letras dejadas a sus hijos por el Che “sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo¨, que refería como ¨la cualidad más linda de un revolucionario”.

Qué diferente a las amenazas, prepotencias y egoísmos proferidos hace unos días en el mismo cónclave de naciones por el presidente norteamericano Donald Trump, cuya esposa Melania, mientras el huracán María arrasaba Puerto Rico, almorzaba con parejas de líderes mundiales embutida en un raro vestido fluorescente de más de tres mil dólares y hablaba con hipocresía del valor de la empatía y criticaba la intimidación.

Nunca, libres de ingenuidades y aleccionados por la historia que tan fríamente piden que olvidemos, dejaremos de señalar los dobleces y artimañas de discursos en plan “haz lo que yo digo y no…” Al margen de las provocaciones, Cuba expresa en acciones su sinceridad con los pueblos, compartiendo lo que no nos sobra, aun en difíciles condiciones.

Entonces, pensé en ese repicar de campanas, inaudible hoy por la modernidad, tras larga tradición en viejas villas para informar sobre la calamidad y la muerte. Afectada nuestra América por huracanes, sismos, injerencias políticas y agresiones económicas, parece que el tañer no se acaba y, al mismo tiempo, de esas raíces interconectadas, de esas porciones de tierra que no nos es extraña, aparece la solidaridad.

Y vino a mi mente la meditación del poeta inglés John Donne que empleara Hemingway: “Nadie es una isla, completo en sí mismo cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra”; parafraseando: el dolor y la injusticia hacia cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; los cubanos nunca preguntan por quién doblan las campanas, siempre prestos a extender una mano amiga, están allí.

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