El Comandante en mi memoria

El Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, falleció a las 10:29 de este 25 de noviembre
El Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, falleció a las 10:29 p.m.  de este 25 de noviembre

Cuando me lo dijeron, pensé en mi abuela, aquella miliciana de ojos verdes que custodiaba el Capitolio y saludaba a los barbudos Comandantes de la Sierra Maestra, en la adolescente que ayudó a hacer realidad el luminoso triunfo del primero de enero, y atesora numerosas instantáneas tomadas al Líder Histórico de la Revolución Cubana por fotógrafos de la provincia de Granma.

El teléfono no había dejado de sonar: Fidel ha muerto. Y mi padre se vistió con premura –no dejes que mami sepa- le dijo a mi tía –voy para allá. Mi mamá, mi hermana y yo, atónitas, no nos hablábamos, no había nada que explicar, con el corazón en la garganta eran imposibles las palabras. Eran las 2:00 de la mañana del 26 de noviembre, y en casa ya nadie volvió a conciliar el sueño.

El día anterior los estudiantes de la Filial de Ciencias Médicas de Bayamo hacían su tradicional caminata nocturna a Guisa, en homenaje a la batalla que en aquel serrano territorio libró victoriosamente el Ejército Rebelde liderado por Fidel, y que concluyera el 30 de noviembre de 1958.

Risueños y jocosos recorrían los 16 kilómetros, cantando para aligerar el peso, el cansancio, el alma, algarabía a la que, al llegar al monumento de la hazaña, esperaba una fatídica noticia: aquí no habrá acto, Fidel ha muerto. ¡Gloria eterna al Líder Histórico de la Revolución cubana! -rompió en las jóvenes gargantas- ¡Gloria!!!!!

En discursos hemos perpetuado tantas veces el ejemplo, la memoria, los ideales, qué decir para ser consecuentes con un hombre de semejante estatura, con el héroe preclaro, el fundador, el padre, el guerrillero, el hermano, el internacionalista.

Incluso cuando no tuve el infinito honor de haber estado en su presencia, el Comandante está siempre conmigo, en las escuelas por las que transité gratuitamente, en las instituciones de Salud a las que acudo sin preocuparme de cuánto ha de costarme la consulta.

Está en el joven que olvida su viril orgullo y me habla entre sollozos del gigante, del líder, del amigo, en la respiración entrecortada de mi abuela que duerme, después del llanto amargo y sentido, para pensar que ha sido un sueño, quizás; en los juegos inocentes de los pequeños que nada saben, ¿por qué los adultos tienen las caras tan largas? ¿por qué en el televisor no salen mis muñequitos?

Fidel está en su obra, que es este país, esta Revolución, este pueblo. Entonces, Fidel no ha muerto.

Mi generación no fue la del Moncada, la Sierra, Girón o la zafra de los millones, pero heredó el fervor revolucionario, el patriotismo, el entusiasmo, la tierra abonada con sangre y cenizas, y abrazó los ideales de sus padres y reafirmó el compromiso con la sociedad que se construye.

Mi generación es dichosa, también vivió sus días de trinchera, de batalla en las ideas e inundó las plazas, las fábricas, las escuelas y se confirmó como la artífice del futuro bajo la guía del pensamiento de Martí y de Fidel. Mi generación tiene una palabra empeñada que cumplir y ante la memoria del más grande revolucionario de todos los tiempos, cumplirá.

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