Responsabilidades compartidas

139-aprender-a-compartir-las-tareas-del-hogar-1La campaña de la Organización de Naciones Unidas para que medios de prensa de todo el planeta levanten sus voces frente a la violencia contra la mujer prevé este año jornadas de activismo, a partir del venidero 25 de noviembre hasta el 10 de diciembre.

Como resultado de siglos de ardua lucha a favor de la plena igualdad de hombres y mujeres, las féminas se han ido incorporando al espacio público y el mercado laboral, pero la sociedad está siendo extremadamente lenta en responder, con los cambios necesarios para acompañar este proceso.

En el plano familiar la inexistencia de la corresponsabilidad constituye uno de los problemas. Todos sus miembros tienen derechos y obligaciones que no suponen, por pertenecer a uno u otro sexo, la imposición o exclusión de ningún tipo de actividad hogareña.

El trabajo doméstico es un servicio orientado al mantenimiento y desarrollo físico, psíquico y social de quienes habitan en la casa, no contempla horarios, reglamentos, ni remuneración alguna y lo realizan casi exclusivamente las mujeres.

Responsabilizarse de una labor significa tener la obligación última de su realización y ayudar es cooperar, libre de este deber final. Por eso, las muchachas no necesitamos “ayuda”, sino compartir la responsabilidad para democratizar el espacio doméstico, de lo contrario, esto se traduce en la polémica de la doble jornada.

Las tareas hogareñas no pueden de ninguna forma ser consideradas una mera enumeración de actividades, pues requiere de una toma de decisiones para ejecutarse, de acuerdo a un orden de prioridad, y conlleva una serie de responsabilidades que se realizan en el espacio público, como recoger a los niños de la escuela o hacer los mandados.

Si este trabajo se pagara y fuésemos a calcular su proporción en el producto interno bruto de un país, similar al nuestro, según documentos consultados, este no representaría nunca menos del 20 porciento.

Para que las mujeres puedan tener derecho a tiempo personal, es necesario que los hombres hagan parte de lo que ellas están haciendo de más, implica acordar y negociar qué aspectos se distribuyen entre las personas del grupo familiar para su mejor ejecución, teniendo en cuenta gustos, habilidades y horarios.

No somos imprescindibles. Delegar no significa sólo que lo hagan otros, sino que te despreocupes del tema, de la organización, de si se ha hecho o no y de cómo. Cualquier miembro de la familia puede colgar un cuadro, arreglar un enchufe, poner una lavadora o planchar. Es cuestión de aprender o de enseñar cómo se hace.

Hay que dialogar y pensar que esta distribución de las tareas no tiene que ser estricta, que podemos probar, intentarlo de otra manera y pactar.

De esta forma mejora la calidad de vida de los miembros de la familia, se evitan conflictos y tensiones, todos disponen de tiempo libre y permite alcanzar mayor grado de formación y de autonomía personal.

Se trata de educar en igualdad a tus hijas e hijos, potenciar sus valores y capacidades individuales sin tener en cuenta estereotipos sexistas.

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