Heroínas de la vida

Día de las madresHay un momento que nadie recuerda, unos minutos de luz, desamparo, humedad desnuda y frío; de confusos sonidos y llantos propios, un instante, cuando se pasa del interior de su vientre a sus brazos, más permanente y cálida cobija, como esa sonrisa que le borra las muecas del dolor; nuestro primer vistazo del mundo, el rostro de mamá.

Y el mundo será eso durante algún tiempo: los límites de su mirada cautelosa, el borde de su saya protectora, la mano dulce, pero firme, sobre el hombro y las arrugas que dibujaremos en su frente; hasta que nos despidamos de su abrazo con alas que ella alistará entre júbilo a voces y muda tristeza, mientras brinda sus hombros como impulso.

Incluso si el intento falla, ella estará allí para alentar nuevos saltos, ofreciendo todo sin pedir nada, invirtiendo en un proyecto sin medir su rentabilidad, un capital del sentimiento que nunca quiebra, y con el cual se puede contar siempre, confiando en sus hijos aun cuando todos los demás hayan perdido su fe.

“Madre del alma”, llamara José Martí a la suya; como jueces de la guerra se refiriera Bertolt Brecht a las de los soldados muertos; “la palabra más bella pronunciada por el hombre”, diría Khalil Gibrán; “un corazón donde siempre puede hallarse perdón”, afirmaría Balzac.

¿Y aquellos que no pueden juntar versos, que no dejarán frases para que incólumes ante el tiempo las reciten otros a sus madres? Esos dejarán huellas no menos perdurables: felicidades mi vieja, mi sol, mi todo, y ese beso blando, lento, a esa señora le parecerá inmortal poesía.

A las madres de la historia cubana, ejemplos de sublime sacrificio, se unen las de la hazaña cotidiana, las del beso en la frente a la entrada del colegio, las del caramelo deslizado en el bolsillo, las que cantan el sana, sana, las que componen corazones rotos, desenredan problemas de matemática o zurcen desgarros infantiles y rebeldes, las que pintan besos en correos electrónicos, las que aun siendo este su festejo preparan tu comida favorita, pues no existe el yo en la palabra madre.

Entonces no importa si fueron los orígenes los festivales dedicados a la diosa Rhea en la antigua Grecia, el llamado Mothering day en la Inglaterra del siglo XVII, el homenaje postrero de la norteamericana Anna Jarvis a su madre en 1905 o una popular fiesta cubana en Santiago de las Vegas.

No importa si debes alcanzarla a través de la línea del teléfono, la pantalla de una computadora o ante su inevitable ausencia, revivirla en el recuerdo, descubrirla en un gesto pícaro o un mechón particularmente luminoso del cabello de tu hijo; no importan los poetas, los cantos, el tamaño de tus alas, la extensión de tu universo; esa mano que mece la cuna, rige el mundo.

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