Historias de primavera obrera

De izquierda a derecha, mis abuelos Isabel y Carlos, mis tías Merci y Maritza con el pequeño Carlos y mis padres Niurca y Carlos y yo
De izquierda a derecha, mis abuelos Isabel y Carlos, mis tías  Maritza y Merci con el pequeño Carlos, mis padres Niurca y Carlos conmigo, el primero de mayo de 1991

Mi olor favorito es el de la tierra mojada, quizás por eso, aunque prefiero los tonos del otoño, la primavera sea para mí tan seductora. Este año, las resistas encapotadas nubes y los picos de temperatura provocaron en Bayamo un extraño festival de colores, algunas flores se mostraron prematuras y permanecieron los marrones en árboles sedientos.

Asoma mayo y los deseos de ese chaparrón se contienen por un día, en que el colorido será otro: en banderas, carteles, consignas, vivas, himnos y sonrisas de pueblo. El primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, se inscribe en la historia cada año, pero no solo en la del país, los movimientos obreros y la defensa de nuestras conquistas y principios, sino en las personales, las familiares, las huellas del corazón.

Mis padres cumplieron 27 años de casados el pasado marzo, pero su historia de amor comenzó en el desfile donde se conocieron. Mi mamá se empeña en afirmar que a ella ya mis abuelos le habían echado el ojo, como se dice en buen cubano; estaban seguros de que a su hijo Carlitos no le disgustaría aquella enfermera de largo cabello negro y conspiraron juntos.

Lo cierto es mi papá asegura un flechazo a primera vista y mami un envuelto extraño, brujería o bilongo, porque las habilidades de cortejo de mi progenitor eran nulas cerca de sus encantos de diosa; hoy, mirándolos a los dos y testigos del permanente embeleso, mi hermana y yo otorgamos razón a ambos.

Desde aquel encuentro siempre han desfilado juntos, excepto los tres años de misión internacionalista de ella en Argelia.

Para esta fecha en los ojos verdes de mi abuela aparece un brillo especial. Desde niña me ha gustado asomarme a sus pupilas inquietas, que semejan el agua de las playas; el fondo doble de esos ojos, es un mapa silencioso de 80 años de vida que de vez en cuando te atrapa con una historia.

Con las luces del alba Isabel Betancourt Suárez, mi abuela, comenzará a vestirse, en la percha no están sus ropas cotidianas, sino el pantalón de vestir y el pullover rojo con la imagen del Che, cuyo rostro acaricia sobre la tela y comenta: “cuando él pasaba delante de mi puesto de guardia decía siempre, ¡esos ojos verdes!”.

Muchos hombres han piropeado los ojos de mi abuela, pero ella solo menciona al Che, detenido, allá en el Capitolio, delante de las mismas pupilas milicianas que me agrada espiar.

Y es que mi abuela es habanera, robada por el amor a la capital: “llevo más de 50 años en Bayamo, para mí es mi tierra, esta ciudad tan maravillosa y combativa”.

Del brazo de mi abuelo saldrá apresurada, su compañero por más de cinco décadas, en su cuello descansa la pañoleta roja, testigo de todos los primeros de mayo desde el triunfo de la Revolución.

“Las milicianas del capitolio desfilamos con pañoletas rojas, estábamos contentas y orgullosas de estar allí con Fidel y los comandantes de la Sierra, por eso todos los años desde entonces, a mi atuendo no le falta esta pañoleta histórica y pienso seguir asistiendo al desfile con ella hasta los 120 años”.

No tengo memoria de mi primer desfile, pero una añeja instantánea se encarga de atestiguarlo y siempre suscita un comentario de quienes añoran la juventud y hablan del fervor revolucionario de la marcha fotografiada, en aquellos años difíciles del periodo especial: “¡Qué suerte que aún se conserve!, mira a funalita, este es menganito”, al dorso: Familia García, primero de mayo de 1991.

Yo solo miro a la pequeña de mejillas redondas que observa a su abuela, creo que esa pamela la usó una muñeca durante algún tiempo posterior. La tradición familiar es que quien desfile primero, espera al resto, aunque sea para saludarnos, seguro en esta celebración nacerá otra historia, las escritas aquí, tal vez, sean ahora mismo un reflejo de cientos de otras en toda Cuba.

 

 

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