Un bien invaluable

José Agustín Martínez Machado
José Agustín Martínez Machado

Por Gisel García González/ foto Luis Carlos Palacios

José Agustín Martínez Machado nos recibió en el comedor de su casa campesina, cercana a la escuelita rural de la que fue director durante muchos años al principio del triunfo revolucionario. Venimos para que nos hable sobre la Campaña de Alfabetización, le dije, y me recitó estos versos: “Un hombre bien educado, de criterio y dignidad / donde quiera que va, llega a un lugar reservado/ es querido, bien mirado de toda la generación,/ por eso la educación es más que tener dinero.

Hasta su hogar en Pestán, en el municipio de Cauto Cristo, en la suroriental provincia de Granma, Cuba, llegaron en 1961 los alfabetizadores para cumplir la promesa hecha por Fidel al mundo: “Cuba será el primer país de América que a la vuelta de algunos meses pueda decir que no tiene un solo analfabeto”.

“Yo pensé: qué voy a aprender con este muchacho si con lo que la vida me enseñó me basta. Fue la gran revolución, vinieron esos niños a abrirle los ojos a aquellos que éramos ciegos”, afirmó.

Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar/ El arroyo de la sierra me complace más que el mar, escribió José Martí y el olvido en el que estaban sumidos los pobres terminó con la llegada de Fidel y sus barbudos, ahora tengo lo que tenía que tener como expresó en sus versos el poeta Nicolás Guillén.”

Recordó precisamente lo que estaba comiendo el día del asalto al cuartel Moncada y se imaginó que Cuba Libre era para los ricos, sin embargo, no dejó de maravillarle el hecho, jóvenes enfrentados a un ejército excelentemente armado con el último grito de la técnica militar.

“Esta casita resguardó a un muchacho buscado por los guardias y un cabo me sacó para la carretera durante el registro, rastrilló el rifle contra mi cara y gritó: ¡el mau mau (combatiente del Ejército Rebelde) que se vaya para la Sierra, porque al que cojamos aquí lo matamos! La suerte me favoreció esa noche, me salvé para ver a Cuba libre.”

Así, continuó citando, lleno de lágrimas el rostro, invadido por las memorias, sujetas por el imborrable contraste del dolor, las esperanzas renovadas y la alegría; a los hombres de ciencias y letras, los hombres de guía y de armas a los que admira profundamente.

El rumor del río Cauto, el más grande de la Isla, acompaña sus palabras referidas a los movimientos populares del mundo, cuyos nombres no yerra, “Estados Unidos tiene que parar y rendirle cuentas a los pobres.”

¿Y la Campaña, José Agustín, la Campaña de Alfabetización?

“La Campaña no, la luz, contestó. Aquí llegó el joven, tan nuevo, Manuel creo que se llamaba, de La Habana era y le cogí cariño. “Después me mandan a una muchacha que se llamaba Nulvia. Ella me enseñaba con delicadeza, estimación y paciencia. Cuando mi hija nació tomé aquel nombre como un ejemplo para recordarla y con él bauticé a la niña.

“Hoy miro mi barrio bajo la luna clarita, todo iluminado: luz eléctrica, agua y una escuela.

Yo soy pobre y es verdad y deshonra no la tengo/ Porque en el mundo sostengo buen criterio y dignidad, /a las sendas me ha llevado de los hombres que yo quiero,/ por eso la educación es más que tener dinero.”

Cerca de 3 mil habitantes de la zona del Cauto, en la suroriental provincia Granma, fueron alfabetizados, 31 de ellos pertenecientes a Ingenio Viejo, uno de los cinco primeros territorios del país en izar la bandera de Territorio Libre de Analfabetismo, el 29 de noviembre de 1961, Año de la Educación, hazaña que celebra su aniversario 53.

 

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