Memorias de la ceniza

 

Centro histórico de la ciudad de Bayamo
Centro histórico de la ciudad de Bayamo

por Gisel García González/ fotos Luis Carlos Palacios

Se alzaron las llamas abriendo surcos en la piel quisqueyana, en la sangre, en la historia, y se nubló lentamente la imagen de la cruz que le imponían, la promesa de un paraíso que negó con firmeza: “a donde van hombres tan crueles no quiero ir”. Y el último dolor arrancado a su coraje devolvió su imagen al pueblo aborigen como una estrella.

Narra Francisco Maceo Osorio que “dos cuadros de infierno se ofrecían a un tiempo en la deliciosa vega del Jara apacible y transparente, siendo testigos mudos de ello los virginales campos de “la más bella tierra que vieron ojos humanos”.

Fugitiva de los brazos de su atacante, perseguida por los cercanos estruendos de arcabuces y corazas, a los pies del misionero que ora frente a la pira de Hatuey se tiende la muchacha, y ante las palabras enconadas y amenazas de muerte contra ella, “de un salto, se aparta de su protector, reventando los pomos sacramentales”.

“En aquella confusión suena un tiro y por entre las espadas que se alzaban y los arcabuces extendidos se la ve penetrar bamboleante, fascinada, con los brazos en alto como alas de mariposas, cayendo de pecho, desvanecida, en las ascuas que de manera instantánea dan vida a la llama”.

Físicamente se extingue la lumbre que consumió dos almas, pero con las cenizas no se eliminaron los corazones deseosos de libertad de aquellos miles de rebeldes indígenas bayameses que, en septiembre de 1512, le ganaron a Pánfilo de Narváez el regaño de El Adelantado Velázquez, la fiereza del cacique de Guahabá o la leyenda de una claridad crepuscular que aparece en el cielo en cierta época del año.

Escultura del cacique Hatuey, héroe que enfrentara a los conquistadores españoles
Escultura del cacique Hatuey, héroe que enfrentara a los conquistadores españoles

Aun siendo ineficaces las flechas, piedras y macanas, Hatuey enfrentó a los invasores durante casi cuatro años, e imposibilitado de lograr expulsarlos de La Española se trasladó a Cuba para continuar su lucha y advertir de la barbarie a los pueblos de esta tierra.

A pesar de la abismal diferencia de armamentos de que disponían uno y otro bando, la rebelión dirigida por el indómito aborigen duró varios meses, y su captura y muerte en la hoguera libró a los conquistadores de un respetable enemigo.

En abril de 1514, en carta de relación al rey de España, Fernando el Católico, de la cual se conserva solo un extracto, el conquistador Diego Velázquez informa que donde quemó al cacique Hatuey, a orillas de un río bueno que se dice Yara, ha fundado una villa y le puso San Salvador, porque allí fueron libres los cristianos del insurgente y con ello se salva la conquista de Cuba.

El museólogo e historiador Aldo Daniel Naranjo afirma que a diferencia de las historias fundacionales del resto de las villas cubanas, con orígenes santorales, el relato de esta villa, cubierto aún de penumbras y plagado de mitos, presenta un detonante político.

Bayamo es un topónimo de origen aruaco. El vocablo, expresa José Maceo Verdecia en su libro Bayamo, proviene de Bayam, árbol bajo cuya sombra se amansan las fieras, según la traducción castellana del propio autor.

En 1792, al crearse el segundo escudo de la villa, en el primer cuartel aparece un león guarnecido bajo un árbol, indicio, quizás, de una generación criolla bayamesa que comenzaba a valorar el sentimiento de patria, autonomía, y que dará pie en un corto plazo al sentimiento de independencia.

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